30 agosto, 2011

El beisbolista triste

por Eduardo Zito (@mvpbeisblog)

Ahí están las muchas cartas, y los muchos reclamos. El desprecio, la ingratitud de años. Ella no lo amará cada día ni compartirán el semanario, no se sentarán y verán a los hijos crecer. Él no terminará nunca de lavar autos y, además, el documento ya está firmado: se llama Divorcio.


El beisbolista triste va sentado en el transporte público, su mirada perdida. Sus pantalones no están aseados, su bigote desalineado. El beisbolista triste va con esa tristeza que sólo reflejan los hombres comunes, corrientes, ordinarios. Se aferra inconscientemente y carga con ella. Mira a los demás con desprecio, como si le debieran algo, pero luego se va quedando dormido entre estaciones y el sol de domingo. El beisbolista triste incluso es distraído; no se ha levantado a ceder el asiento a la mujer embarazada.


Toma su mochila y se baja en el parque de pelota (más bien un baldío). Se quita los tenis y se pone los spikes que le regalaron hace años; paga su cooperación, intenta ser amable con el juez de primera –quizás uno de estos días vaya a pedirle trabajo-. El beisbolista triste... arrugas, cicatrices, pérdidas... 43 años. Y el viejo mascachicles de canas le dice que se apresure, es hora del ¡playball!


Y al entrar al terreno, y al hundir sus spikes entre los kilos de tierra, respirar el polvo, sudar el domingo, el beisbolista triste obtiene el presagio de que todo tiempo, simplemente va quedando atrás…


De repente, por 9 entradas, quizás más, el universo está contenido en un Diamante, el universo consiste en un montículo, en jardines, en almohadillas, en los kilos de tierra y el poco pasto, ¡el universo está en el pasto! Sin más realidad, hace lo suyo con el guante, su gorra y la pelota. El beisbolista triste no jugará de tercera (ésta vez sí llegó “el tercera”); el beisbolista triste está en el central.


Y no hay caos y no hay ciudad, y no hay campo y no hay iglesia ni tampoco pecado. No hay sobrepeso, no hay crisis económica. No hay suciedad, no hay autos por lavar, no hay mujeres, no hay hijos, no hay diabetes, no hay enfermedad. No hay trenes suburbanos, no hay cortesías, no hay saludos, no hay salario, no hay trabajos… ni peleas maritales.


El beisbolista triste camina, morenito y chaparrito, casi ya calvo con su panza y su bigote, se limpia la boca con las mangas; su uniforme tampoco estará aseado, pero le gustan los vivos verdes que tiene... El “umpire” grita ¡playball! El beisbolista triste siente una extraña emoción, indecible, inconmensurable. Quería ir a la playa para Navidad; debió ahorrar pero no lo hizo, mas ya no importa, todo eso ha quedado atrás.


El juego comienza, la vida comienza, su cuerpo rejuvenece, los años son sólo respiros, sus ojos, ¡sus ojos toman brillo! Los abre bien, observa todo, observa a todos, saborea el polvo entre los dientes. “El primero al bat” ha tomado el madero –ese maldito muchacho treintón alto y bobo, el mismo que un día lo estampó cuando era “cátcher” provocándole lumbalgia por una semana-. El lanzador está listo –deseará que lo ponche- ¡Vuelve a abrir grande los ojos! Todo es tan brilloso, ¡sepia brillosa!... su corazón mantenido en un flujo extraordinario se llena, se despliega en un estallido sobrehumano, siente calor y frío, vellos erizos; no sabe que eso se llama Emoción.

A Dios las cosas de Dios, y al beisbol el resto.


Y el beisbolista triste no llora, no dice que está triste, no piensa que está triste; y nadie se atrevería siquiera a llamar a lo suyo, Tristeza. Tan sólo es un beisbolista triste -el adjetivo que le viene mejor-. Y se acomoda su gorra, y las entradas transcurren y... ¡jamás regresará a casa! El juego para él, es eterno, y a su vida, cuando llegue su turno de batear, la sentirá de esa manera. Quizás sin pensar, que eso podría llamarse Felicidad. El beisbolista triste es feliz.

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